La ley del trabajo

He estado haciendo un repaso de lo escrito hasta ahora. Son 118 entradas. He hablado de muchos asuntos y muy diversos. Todos relativos a la administración y la economía, como no podía ser de otra manera. Pero me he dado cuenta de que me ha faltado un tema que es clave, fundamental, básico: la ley del trabajo. O dicho en palabras de san Pablo, “el que no trabaje, que no coma” (2 Tes 3,10). Y sigue diciendo: “Hemos sabido que algunos de vosotros viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. A estos mandamos y encargamos, por la autoridad del Señor Jesucristo, que trabajen tranquilamente para ganarse la vida” (2 Tes 3,11-12).

En realidad, bastaría con las palabras de Pablo para decir que esta entrada en el blog ya estaría completa. Pero me van a permitir dos breves comentarios.

El primero, es que hay que recordar que el principio de toda economía, de la producción, es el trabajo. Mediante el trabajo la persona humana transforma la realidad en objetos útiles. El trabajo es creativo. El trabajo añade valor a la materia. Sin trabajo no hay economía que sobreviva. Vivir de los ahorros, que no son más que trabajo acumulado y no consumido, no es posible.

La riqueza, los bienes, que tienen los institutos religiosos son en su inmensa mayor parte, fruto del trabajo de los mismos religiosos y religiosas y de una vida austera que ha permitido realizar esos ahorros y ponerlos a disposición de la misión. Por eso la crisis de vocaciones tiene también unas consecuencias económicas indiscutibles. Donde hay fuerza de trabajo y ganas, hay futuro porque que a veces sea difícil encontrar los recursos económicos necesarios. La mejor prueba de la veracidad de esta afirmación es el nacimiento de la mayoría de los institutos: tenían una escasez enorme de recursos económicos pero la salvaron mediante una fuerza de trabajo generosa y dispuesta a todo en nombre de la misión. Por eso estamos donde estamos y como estamos.

El segundo comentario se dirige a reconocer una realidad a veces incómoda.  Es verdad que entre nosotros hay quien no trabaja, quien no da palo agua (no son todos ni mucho menos, pero haberlos ¡haylos!. Vamos a decirlo con palabras evangélicas: muchos son como las aves que vuelan por el cielo que ni siegan ni siembran p como los lirios del campo que ni trabajan ni hilan (cf. Mt 6,26-28). Viven despreocupados y libres, muy ocupados, como decía Pablo, “en no hacer nada”. Ya sé que el sentido de las palabras de Jesús es que no estemos angustiados porque nuestro Padre del cielo proveerá por nosotros. Vale. No hay que angustiarse pero sí hay que trabajar porque la primera providencia que nos ha regalado el Padre ha sido nuestra inteligencia y nuestras manos para transformar este mundo y para adaptarlo a nuestras necesidades.

Es verdad que esto sucede en todo grupo humano. También en las empresas está el que llega, deja la chaqueta en la silla, enciende el ordenador y desaparece en mil recados sin sentido sin hacer lo que realmente tiene que hacer. Pero entre nosotros se supone que debería haber otra disposición. Se supone.

A esos, de alguna manera, habría que recordarles que a ellos también les afecta la ley del trabajo. Y que las cuarenta horas, al menos, de trabajo semanas, se deberían poder contar. Cómo afrontar esta realidad, es otra cuestión. Imagino que serán los superiores los que tendrán que saber exhortar, en privado y en grupo, a asumir esta realidad del trabajo que debería ser la primera forma de solidaridad con los más pobres. ¡Sólo los ricos se pueden permitir el lujo de vivir sin trabajar contemplando las musarañas!

4 comentarios sobre “La ley del trabajo”

  1. Así es Fernando. Sólo los ricos se pueden permitir el lujo de vivir sin trabajar… ¡Gracias por recordarnos el recorrido entre la «angustia» y el «muy ocupados en no hacer nada»!

  2. Totalmente de acuerdo con la interpretación de San Pablo y de Jesús. El Señor expresa una realidad distinta. El caso es que entonces y ahora hay consagrados o bautizados que viven sin dar golpe o poco menos. Apelar a la Profesión que hicimos, a la propia conciencia, al ejemplo que debemos dar a quienes nos «ven» parece que debía ser suficiente.
    Pero puede suceder que quien tendría que dar un toquecito a esas personas no está poniendo el hombro como debiera. Y en consecuencia, no se atreve.

  3. Se puede decir más alto, pero no más claro, Fernando. Pero creo que el punto débil está en el cómo poner al «que no da un palo al agua» frente a su realidad, (que normalmente comentan todos cuando no está el interesado/a).
    De todas formas, pienso que tiene que haber técnicas para enfrentar el problema, pero quienes deban hacerlo prefieren «encomendar» el asunto al tiempo futuro…
    Aprovecho para desearte una Feliz Navidad y que el próximo Año Veinte-veinte, sigamos viéndote por aquí.

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