El Consejo de Economía (y 3)

Hace mucho tiempo alguien me comentó que san Benito, el fundador de los benedictinos había dicho algo así como que “en las cosas de todos, todos deben poder opinar”. No sí lo dijo de verdad san Benito pero la frase es de sentido común. Y además, nos recuerda el carácter profundamente democrático, en el mejor de los sentidos, que ha tenido siempre la vida religiosa. Esta idea hay que aplicarla al Consejo de Economía.

Ya he hablado antes del Consejo de Economía. En la primera entrada decía que, además de estar mandado por el Código de Derecho Canónico, era bueno que formasen parte de él personas ajenas al instituto. En la segunda entrada subrayaba la importancia de diferenciar en su composición en Consejo de Economía del Equipo de Economía.

Ahora me gustaría añadir otra idea: el Consejo de Economía es una forma de  escuchar / dialogar / informar / compartir / corresponsabilizar con la provincia o congregación sobre los temas de la economía. Son temas que afectan a todos los miembros del instituto. Y, por eso, de alguna manera, cada uno a su nivel, todos tendrían que poder expresar su opinión y todos deberían ser escuchados. Precisamente porque las decisiones que se tomen afectan en sus consecuencias a todos. El Consejo de Economía es una forma de democratizar las decisiones económicas que se toman en un instituto religioso.

No significa eso que el Consejo de Economía se convierta en una especie de parlamente donde se tomen las decisiones por mayoría de votos. Todos entendemos que las decisiones se toman en el seno del gobierno, tanto si es provincial como general. El Consejo de Economía no puede pretender suplantar al gobierno religioso.

Pero el Consejo de Economía es un lugar de diálogo y debate. Es un lugar donde se escuchan razones, donde –utilizando otro término muy común en la vida religiosa– se discierne. No se trata de votar sino de razonar, de pensar juntos, de buscar lo mejor a través del diálogo y de la escucha mutua. El Consejo de Economía es un lugar preferente donde el gobierno religioso puede escuchar las opiniones razonadas de los que forman la provincia o la congregación.

Por eso es muy importante que la mayoría de los miembros del Consejo de Economía sean personas pertenecientes a la institución. Aún diría más: que su forma de elección sea, al menos parcialmente, democrática. Para entendernos, que sean elegidos por la base. Porque, si son exclusivamente elegidos por el gobierno, éste puede caer en la tentación de elegir a los que piensan como él. Lo bueno de un Consejo de Economía es que se escuchen voces diferentes, opiniones distintas. No hay que tener miedo al diálogo. Porque, ¡cómo no!, damos por supuesto que todos pretenden sinceramente buscar lo mejor para la institución.

El Consejo de Economía no decide, asesora. Hay que tenerlo claro. Pero, precisamente por esa razón, debe tener –sus miembros deben tener– libertad para opinar y valorar los nuevos proyectos y las decisiones que se toman en este campo tan complejo de la economía. Son decisiones que afectan a todos y por eso, antes de decidir, conviene escuchar a todos. El Consejo de Economía es un instrumento precioso para hacer realidad ese “escuchar a todos”. Porque, y ahora la cita es ciertamente de la Regla de San Benito: “Siempre que en el monasterio hayan de tratarse asuntos de importancia, el abad convocará toda la comunidad (…) Y hemos dicho intencionadamente que sean todos convocados a consejo, porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor.”

 

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